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Resistencia balística

Mario salió a la terraza de aquella casa que no era suya. Hizo una pausa en la serie policíaca que no quiso ver. Miró a la calle y vio una secuencia real que no debió presenciar. Como ocurre en tantas pelis, un tío se baja de una furgoneta verde y le pega un tiro al conductor que tenía delante. Después mira hacia arriba y ambas miradas se cruzan. Cuando Mario quiso procesar lo que estaba pasando tenía una pistola apuntándole a la cabeza y al segundo una bala en el cerebro. El malo se fue y Mario se quedó tendido en la terraza donde empezó esta historia. 

La nueva Babilonia (Constant)
Tuvo suerte. Cuando el proyectil iniciaba su introspección destructiva se topó con una idea sólida que frenó su paso y le salvó la vida. Fue una idea que se había fraguado noches atrás, empapada en vino chileno e impulsada por la proyección de una ocurrencia temporal. Tenía tejido a prueba de balas, elaborada con altas dosis de empeño. Resistente y reticente. Cada noche, desde hace un año, Mario salía a su terraza a proponerse planes que nunca cumplía, pero que sí almacenaba. Planes de evolución, algunos imposibles, otros factibles, también costosos pero asequibles, había de todo. Era su cita con la calle. 

Cuando despertó pensó, y al apretar las sienes, la bala salió despedida. Bienvenida dijo. No podía evitar sonreír por doble motivo. Primero, por estar vivo y segundo, porque aquella idea ya tenía forma. Era consciente de que había tenido que venir un criminal llamado Beltrán para dar sentido a lo pensado. Un criminal que daba por muerto a Mario. Un criminal que disparó a varias personas aquella noche. Un criminal que terminó rindiéndose a la evidencia. Personaje al que disparaba, personaje al que desataba su nudo. El problema era que el personaje que financiaba sus crímenes no obtenía resultados y por tanto no pagaba. 

Reconocido su atasco, tras varias semanas, meses..., sin eliminar un sólo objetivo, decidió tejer una idea: dispararse para desatar el problema. No lo pensó dos veces. Buscó su mejor bala, la sacó brillo, la besó, se la frotó contra el codo (recordando su época de estudiante bebedor) y se la disparó. No hubo idea que frenara su trayecto. Cuando Beltrán abrió los ojos al rato, se debió a que una extremidad de su neurosis no reconocida tocó un nervio relajado. Estaba muerto. Eso sí, antes de terminar consigo mismo, escupió una palabra no vacía que aún no ha aparecido. Al parecer Mario sabe algo, pero aún... no lo sabe.

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