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EL SUEÑO DE VILLA FAUSTO

Tenía medio chicle envuelto en un papel, un paquete de Marlboro casi lleno, una tarjeta de crédito vacía, el móvil con la batería recién cargada, 20 litros de gasoil, 64 euros y muchas ganas de salir pitando de Madrid. Cuando a Mario le dijeron que su amigo Isaías había muerto no quiso saber más de nada ni de nadie. No tenía novia, ni padres ni un entorno que le retuviera en la ciudad, así que se hizo el petate y salió por patas.

Destino: Villa Fausto. No, no lo busquéis en los mapas… no existe. Es lo que siempre me decía Mario. Es un pueblo escondido en alguna parte que fundó su bisabuelo Sigfredo y refundó años más tarde su abuelo Kostas. Mario recordaba algunas pistas para llegar, pero no todas. Encontrarlo sería una aventura; pero esto era lo que más le apetecía para esconderse de la muerte de Isaías.

En el camino se acordó de Violeta a quien minutos después pensó en liar para escapar con él. Una vieja y auténtica amiga (“con derecho a roce”) a la que no veía desde que tenía 20 años. Ahora acababa de cumplir 40. Sabía que en su día ella dejó Madrid para montar una tienda de puertas (sólo de entrada, que no de salida) artísticas y personalizadas en Guadalajara. La localizó y casi le da un patatús a Violeta cuando se lo encontró delante…

El negocio de las puertas le iba muy bien, pero aceptó la propuesta. Cerró con llave la tienda, le dio instrucciones a su socia y hermana para que no contara con ella durante los próximos días y se fueron juntos. Durante el viaje se pusieron al día. Lloraron, rieron y vomitaron todo lo que entre ellos quedó acumulado por alguna razón que desconozco. Pero ahora de nuevo estaban juntos.

La llegada a Villa Fausto resultó harto difícil. Muchos fantasmas y carreteras indescifrables que interpretar y por las que adentrarse encomendándose mitad a la lógica mitad a la suerte. Pero lo consiguieron. Allí, como Mario imaginaba, no había ni dios. Pero estaba la casa del abuelo Kostas. Habían comprado suministros como para tres días. De las sábanas y demás instrumental para estar más o menos se encargó Violeta; él estaba un poco ido. Violeta le dijo que se encargara del salón; ella le prepararía la cama para que se echara un poco.

Cuando despertó, Mario estaba tumbado sobre su ordenador. La hoja de word seguía en blanco. Encendió la tele y vio en las noticias a su amigo Isaías. Lo habían detenido por un grave delito ecológico. Su empresa, “Comisiones y Vertidos TransparenteSA”, había contaminado un pueblo entero con desechos químicos. Apagó y fue a alquilar una peli al videclub “Violeta”. Se llevó Un lugar en el mundo.

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