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Se alquila su vida

Cayó rendido y después depositó el último suspiro en un vaso vacío con forma de zapatilla sin pisada. Antes de morir tuvo tiempo para jugar una partida de tetris, basado en su vida. Unas piezas encajaban, otras no y otras tantas, a medias. Cuando completaba una línea liberaba fórmulas inacabadas al espacio, lo que le hacía perder peso y provocaba sensación de apretón. Murió con 4 kilos y medio menos, pero fue enterrado con 15 de más, porque retuvo un líquido a última hora que pesaba mucho; por él fluían todos los despropósitos acumulados y el acierto de su vida...

https://instagram.com/p/6Leos8A4dE/Para cuando llegó al otro barrio no quedaba nada de él, tan sólo una coma abandonada por aquel punto infantil. No se trataba de empezar de nuevo, porque aquello no era una reencarnación, sino un trasvase unilateral. Una imposición contractual que figuraba en su partida de nacimiento. Su padre, tras unas elecciones perdidas pactó con el opositor a diablo... El resultado estaba ahora por ver. Para empezar llegó a una junta municipal de distintos; un pleno al 12 sin piedad; una reunión desunida pero con intención de recomponer piezas urbanas y éticas; un foro de vecinos con ganas de rehacerse un hueco con ellos mismos y entre yos ajenos. Cuando empezó a tomar conciencia se le hizo bola un viejo anhelo de prisión. Un freno ante deseos de ambición por encima de las líneas rojas trazadas en algún rincón de su cabeza; deseos de superar la barrera que le protegió siempre de tempestades. Lo paradójico es que muerto estaba más vivo que nunca. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo puede ser? Si soy un fiambre, se planteaba, cómo puedo tener tantas ganas de no privarme en actuar en público.

Pasaron los sueños, los días, los malos tragos y los fantásticos segundos etílicos. La memoria de su padre tiraba con fuerza. La mezcla de indignación ancestral y esperanza de vida (obligada y de serie) daban fuerza a ese café que nunca se tomaba... Y con calma, se tomó los siguientes episodios. Unos, con esos malos tragos como protagonistas; otros, con las decepciones propias pegándose con las ajenas... El caso es que no había un capítulo tranquilo. Y eso que estaba muerto.

Pasado un tiempo se levantó en mitad de la noche, inquieto por una idea que no terminaba de manifestarse. El calor era soportable, aunque agotador; así que agarró el pensamiento por el pescuezo y salió a la calle a darse una vuelta de tuerca a sí mismo... Y lo hizo tan a conciencia que -como si escurriera una toalla mojada- extrajo de dentro un torrente de palabras por decir, ocurrencias pendientes, guiños no realizados e insultos no dirigidos. Y en ese torrencial también cayó él. Fue en ese momento cuando se encontró al mismo nivel que la tímida idea que le había robado el sueño aquella noche. Y en medio de tanto sudor como lágrimas sin sangre se abrazaron. Por la mañana se puso a escribir. Lo tenía claro, estaba muerto, pero eso no le iba a impedir colocarse con las palabras. Y alquilar su vida por un precio razonable. El que marcan los silencios que habitan entre las líneas de su texto. El precio que hay que pagar por ser inquilino de una historia abierta. Pero propia.

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