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El verbo y el tren coloquial

Estación de Atocha, Madrid. Enero 2016
Esperaba subirse a un verbo que le llevara lejos. Lejos del último adjetivo que le arrastró hasta el reverso del suelo que pisaba. La mente en blanco y un mapa por recomponer, una geografía por reubicar. La frase de su amiga fue letal. Cada letra iba cargada con verdades que ni él mismo había valorado. Las comas, las pausas, los silencios y lo malditos puntos suspensivos quemaban. Así esperaba ese vehículo redentor. Inquieto, teneroso, tembloroso, entusiasta del desaliento, sabedor de sus miserias, conocedor accidental de las verdades que le dan cuerpo a la mente...

...Y en su maleta tan sólo llevaba un verso contagioso que no escribió. Un texto que recibió por azar de un sueño a través de un diálogo que no sabe cómo empezó pero sí adónde le llevaba. 

El murmullo del vagón susurraba desde el fondo del plano. Podía oler el reflejo de su escapada. Imaginaba una huída para empezar, no de cero, pero sí desde un quiebro de sí mismo. Enraizar en su propia vida a partir de un fallo de sistema, de una grieta en su interior. El tren, ese salvador verbal, enseñaba sus luces, sus opciones, su poder. Sonreía desde la melancolía. Soñaba con un futuro sin torturas ni asperezas. En esa vía estaba el trayecto que le devolvería a la mejor versión de sí mismo. Esa cara en la que la cruz representaría una parte más; compatible con sus contradicciones. Las palabras allanaban la llegada. 

El murmullo ya era un estruendo adulto que retrataba la certeza de que sólo podía seguir adelante. Nada de retrocesos. Antes de que frenara ante él el tren coloquial  recordó las veces que había retrocedido en su avance. La cantidad de ocasiones en las que había vivido algo similar. La espera de algo que le llevaría a otro lugar mejor; alguien o algo. Muchas veces, demasiadas pensó. El tren se hizo literal. Paró ante él. Abrió sus puertas de par en par. El verbo que tanto deseaba tocar, le hizo un hueco en su sentido. Se quedó en blanco de nuevo. El andén le sostenía. Demasiadas veces, repitió. ¡Demasiadas! Entonces sonó la última llamada y las puertas se cerraron. Cerró los ojos y se abrió en carnes. El tren pasó... Cuando llegó a su piso todo había cambiado, incluso un pretérito imperfecto (olvidado bajo la alfombra) que había mutado en futuro. Relajado, que no resignado, abrió su vino favorito y lo compartió con su mejor sonrisa.

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