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EL CHULETÓN Y LA PIEZA 36

¿Qué tal el fin de semana? Bien, sobre todo el sábado. Como sabes ni una nube se ha asomado estos días por Madrid. Decidimos salir a uno de los muchos pueblos que se extienden por la Sierra. Habíamos reservado en un restaurante increíble. Rural 100%, tranquilo, vamos, el típico caserón de montaña con techos altos, exterior de piedra vista y forrado de madera en su interior. Olor a leña, a carne… Y desde el ventanuco que teníamos a nuestra espalda: la montaña nevada regada por la luz única y optimista de las tres de la tarde.

¿Bueno qué bien suena, no? Ella se pidió presa ibérica y yo un chuletón de 600 gr. Protos (Roble) para amenizar y níscalos para arrancarnos por… entrantes. Llevaba meses soñando con una jornada así; con el chuletón que conlleva. A todo esto, el pueblo en el que estábamos celebraba la semana gastronómica. El contexto no podía ser más idóneo. Uno a uno fuimos saboreando los níscalos.

Uno a uno fueron cayendo los brindis: empezamos por la paz Ruanda, seguimos por una pronta salida de la recesión mundial, una parada en el cine español, otra por mi próximo portátil libre de Vista, un sorbito por aquí, otra más por allá y entre risas y flautas… los brindis –cómo no; mea culpa- degeneraron con mi dedicación al Atleti. Ella se rió, me miró condescendiente y chocamos la copa…

Adiós a los níscalos, dejen paso… Llegó el momento, es turno para la carne roja. La camarera llegaba por el fondo con los dos platos en sendas manos. Cual Carpanta (o perro pavloviano) comencé a segregar saliva. Mis ojos se volvían como los de Don Quijote en pleno delirio. Un brindis “bonus” por lo bien que lo hemos hecho. El chuletón delante de mí. Vuelta y vuelta. Perfecto. Corto y cuando voy a disfrutarlo: Crash! Algo pasó en mi pieza dental número 36. Se me partió una cuarta parte. Sí, como suena. Un pequeño hueso fue el culpable.

Mi maxilar hueco gracias a una endodoncia del pasado, se veía quebrantado por el deleite carnívoro de un servidor. Sí, me lo terminé gracias al lado derecho. Pero no, no lo disfruté. Aún así, cayó un tiramisú de postre; no hubo paseo por la avenida entre árboles de hoja amarilla. Hubo una vuelta precipitada a los madriles en busca de un dentista de urgencias. No quiero hacer publicidad gratuita, pero gracias a Vital Dent y a la doctora Paquita y ayudante, anoche dormí como un príncipe con corona nueva (que en su día no me pusieron)… Por cierto, gracias por preguntar.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Querido Portnoy: Ya no sabemos dónde empieza la realidad y dónde la ficción. Es pura literatura.
Cuidate, coronate, empastate y a Rascafría otra vez a utilizar la quijada izquierda como un príncipe.
Nacho Hevia ha dicho que…
ánimo, muchacho! lo de los dentistas es de cuento... conozco esa experiencia de no hacerte lo que deberían haber hecho en su momento...ains!

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